miércoles, 07 de mayo de 2008
El placer de no pensar
Ni la cocaína, ni el caballo, ni el jachís, ni el tabaco, ni el alcohol. La televisión. La droga que mayor adicción crea y que moldea la mente dando la forma que ella más guste, es legal y está presente en prácticamente en todos los hogares.
La tele elige tus gustos y reclama tu interés por cosas que nunca antes te habías planteado, cosas aburridas e incluso infames, cosas morbosas y ajenas a ti.
Muchos pensarían que voy a escibir sobre la aborrecible telebasura. Los programas que todo el mundo opina mal de ellos pero que todo el mundo ve. Pero no. Puedo entender -al menos un poco- , que se vea telebasura, ya que su emisión ocupa gran parte del día, siete días a la semana, 365 días al año. Pero no.
Hace unos días madrugué en domingo y entré en un bar a eso de las nueve y media. No había un miserable sitio donde sentarse, y no es que el bar fuera pequeño no, sino que estaba lleno de gente. Incluso la barra estaba copada a pesar de no quedar taburetes libres. Todas las miradas apuntaban a un único punto fijo del local. Exacto, la tele.
Yo evidentemente no salía de mi asombro,decidí avanzar un poco para captar al menos unas imagenes de aquello que fascinaba a toda aquella afluencia de madrugadores. La invasión de la tierra de la mano de extraterrestres, una epidemia a nivel mundial, un magnicidio, el armagedón, cualquier cosa habría sido mejor que lo que vi. Esperaba que lo que me había impedido desayunar en aquel bar aquella mañana fuera algo influyente en las vidas de los ciudadanos. Pero no. Resulta que lo que captaba la atención de aquella gente era una carrera de coches. Coches que daban vueltas alrededor de un circuito. Exactamente 66 vueltas a un circuito. Exacto, lejos de un incidente a nivel mundial o de un descubrimiento trascendental para la raza humana, aquellas docenas de personas habían abandonado a hora inusual sus respectivas camas, para ver como un puñado de coches daban 66 vueltas a un circuito.
La formula uno. Esas tres palabras estaban en boca de todos los presentes, asi como los nombres de otros individuos -que yo supuse serían los nombres de los conductores de aquellos vehiculos-, individuos a los que no conocían personalmente y que nunca habían visto en persona,ni siquiera habían apostado por la victoría de ninguno de ellos -bueno, quizá alguno si-, y sin embargo, a 54 vueltas del desenlace, todos estaban pendientes y expectantes del televisor.
Se ve que como el futbol, la telebasura, los realities de aprender a cantar, a bailar, a tocarse los cojones de por vida, etc..las cadenas de televisión no ganaban suficiente dinero y, por ello, hace un par de años, aprovechando que un español con carnét de conducir y algo de astucia ganó no se que campeonato de coches, empezaron a bombardear con la fórmula uno. Fórmula uno en informativos, en anuncios y en programas. Fórmula uno en todas partes, y, como la droga no perdona, ahora hay miles de adictos en un pais al que hace unos años se la soplaba la fórmula uno.
Si en la tele leyeran en todos y cada uno de sus programas obras de Francisco de Quevedo, todo el mundo sería experto y fanático del Siglo de Oro. Pues la tele habría tatuado en su cerebro una nueva inquietud, algo nuevo por lo que no queda más remedio que interesarse, la nueva moda, lo único de lo que podrán hablar el lunes. El placer de no pensar.
La tele elige tus gustos y reclama tu interés por cosas que nunca antes te habías planteado, cosas aburridas e incluso infames, cosas morbosas y ajenas a ti.
Muchos pensarían que voy a escibir sobre la aborrecible telebasura. Los programas que todo el mundo opina mal de ellos pero que todo el mundo ve. Pero no. Puedo entender -al menos un poco- , que se vea telebasura, ya que su emisión ocupa gran parte del día, siete días a la semana, 365 días al año. Pero no.
Hace unos días madrugué en domingo y entré en un bar a eso de las nueve y media. No había un miserable sitio donde sentarse, y no es que el bar fuera pequeño no, sino que estaba lleno de gente. Incluso la barra estaba copada a pesar de no quedar taburetes libres. Todas las miradas apuntaban a un único punto fijo del local. Exacto, la tele.
Yo evidentemente no salía de mi asombro,decidí avanzar un poco para captar al menos unas imagenes de aquello que fascinaba a toda aquella afluencia de madrugadores. La invasión de la tierra de la mano de extraterrestres, una epidemia a nivel mundial, un magnicidio, el armagedón, cualquier cosa habría sido mejor que lo que vi. Esperaba que lo que me había impedido desayunar en aquel bar aquella mañana fuera algo influyente en las vidas de los ciudadanos. Pero no. Resulta que lo que captaba la atención de aquella gente era una carrera de coches. Coches que daban vueltas alrededor de un circuito. Exactamente 66 vueltas a un circuito. Exacto, lejos de un incidente a nivel mundial o de un descubrimiento trascendental para la raza humana, aquellas docenas de personas habían abandonado a hora inusual sus respectivas camas, para ver como un puñado de coches daban 66 vueltas a un circuito.
La formula uno. Esas tres palabras estaban en boca de todos los presentes, asi como los nombres de otros individuos -que yo supuse serían los nombres de los conductores de aquellos vehiculos-, individuos a los que no conocían personalmente y que nunca habían visto en persona,ni siquiera habían apostado por la victoría de ninguno de ellos -bueno, quizá alguno si-, y sin embargo, a 54 vueltas del desenlace, todos estaban pendientes y expectantes del televisor.
Se ve que como el futbol, la telebasura, los realities de aprender a cantar, a bailar, a tocarse los cojones de por vida, etc..las cadenas de televisión no ganaban suficiente dinero y, por ello, hace un par de años, aprovechando que un español con carnét de conducir y algo de astucia ganó no se que campeonato de coches, empezaron a bombardear con la fórmula uno. Fórmula uno en informativos, en anuncios y en programas. Fórmula uno en todas partes, y, como la droga no perdona, ahora hay miles de adictos en un pais al que hace unos años se la soplaba la fórmula uno.
Si en la tele leyeran en todos y cada uno de sus programas obras de Francisco de Quevedo, todo el mundo sería experto y fanático del Siglo de Oro. Pues la tele habría tatuado en su cerebro una nueva inquietud, algo nuevo por lo que no queda más remedio que interesarse, la nueva moda, lo único de lo que podrán hablar el lunes. El placer de no pensar.
Tags: formula1, formula, televisión, sociedad, pensar, telebasura

